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Mensaje Del señor Arzobispo "CUARESMA 2017"

A LOS OBISPOS AUXILIARES, A LOS SACERDOTES, A LOS CONSAGRADOS Y CONSAGRADAS, A LOS LAICOS Y LAICAS DE NUESTRA ARQUIDIÓCESIS

Queridos hermanos y hermanas:

La cuaresma, camino hacia la Pascua

Con mucha alegría he leído la primera frase del Mensaje del Papa para la Cuaresma de este año.

Arranca, en efecto, con un horizonte que en todos mis mensajes de Cuaresma les ha compartido con insistencia: La Pascua: “la cuaresma – nos dice – es “un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte”. Esta es, pues, mi primera invitación: que comencemos la cuaresma con los ojos fijos en la Pascua. La resurrección de Jesús hace del camino de la cuaresma un camino de esperanza: camino de esperanza personal y camino de esperanza pastoral.

Esperanza, a pesar de todo

En nuestra reciente Asamblea Pastoral, buscando un estilo de trabajar apegado a la realidad que vivimos, pusimos en común todo aquello que en nuestra vida de cada día puede llegar a robarnos la esperanza. Tuvimos una impresión que el Papa describe con mucho realismo: “muchas veces, parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden” (EG, 176). Pero, es ahí donde él mismo nos pide que no dejemos la resurrección de Jesús como algo que se nos queda en el pasado, porque “entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo” (Ib.). Y llega a decir: “la resurrección es una fuerza imparable: allí donde parece que todo ha muerto vuelven a aparecer sus brotes y, en medio de la oscuridad, siempre comienza a brotar algo nuevo, que, tarde o temprano, produce fruto” (Ib.). Cuando terminamos el primer día de la Asamblea, tuvimos la sensación real de estar viviendo en un “campo arrasado”. Pero, aun ahí “vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible”. (Ib.). La resurrección está ahí, animando nuestro compromiso. Y en él percibimos que “ésa es la fuerza de la resurrección, y que cada evangelizador debe ser un instrumento de ese dinamismo (EG, 176).

En el contexto de nuestro proceso de renovación pastoral


He querido iniciar mi mensaje de Cuaresma de este año con esta evocación, porque me parece que ilumina muy bien el “alma” de nuestra Asamblea Pastoral y el futuro de nuestra tarea evangelizadora en la arquidiócesis: llamados a tocar personal y pastoralmente la vida de nuestro pueblo, nos puede abrumar tanta situación de muerte; y nos puede entrar un sentimiento de impotencia que nos paralice y nos resigne. Es ahí donde, a la luz de la resurrección, podemos leer nuestra historia, para aprender por nuestra experiencia de cada día que “los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y, de hecho, el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible” (EG, 176). Apostando por una “pastoral de resurrección”, los convoco a todos, sacerdotes y laicos, religiosos y religiosas, a hacer renacer en nuestra arquidiócesis lo que pudiera parecernos fatalmente irreversible. Ese es el destino al que nos lleva el camino de la cuaresma: la victoria de Cristo sobre la muerte, que se nos hace presente en nuestra victoria sobre la pasividad, la indolencia, la indiferencia, el fatalismo y una resignación malsana.

El don de la Palabra y el don del otro (de nuestro prójimo)


Y quiero continuar este mensaje, aplicando a nuestro momento pastoral, algunas de las exhortaciones que el Papa ofrece para toda la Iglesia en su Mensaje de Cuaresma. El Papa hace coincidir el don, el regalo de la Palabra, con el don, el regalo que el otro es para cada uno de nosotros y para nuestra Iglesia. Cuando la Palabra nos orienta al otro, el regalo es doble; y lo mismo tiene que ser la acogida: no vale acoger un regalo (la Palabra) y descuidar y hasta despreciar el otro regalo (el otro). Desde la parábola escogida: Lázaro y el rico comilón y descuidado, el Papa puede decir que “el cuadro es sombrío y el hombre, degradado y humillado”.

La capacidad de reaccionar y acoger al otro como un don


Nos resulta fácil percibir que ese es el cuadro que vemos a nuestro alrededor con tanta frecuencia, que hasta nos hemos acostumbrado y casi ni reaccionamos. Cuando en la Asamblea quisimos partir de la realidad, fue precisamente para reaccionar y aprender a acoger al otro como don, para hacerlo parte de nuestra propia vida: el pobre “no es una carga molesta; es una llamada a convertirnos y a cambiar de vida: a abrir la puerta de nuestro corazón al otro”. Y “la Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo”.

La necesaria conversión del corazón…


La posibilidad de tener esta actitud acogedora pasa por una
verdadera conversión del corazón. Quiero que lo repitamos con frecuencia en esta cuaresma: “danos, Señor, un corazón nuevo; derrama en nosotros un Espíritu nuevo”. Porque nos reconocemos tantas veces acaparados por tres actitudes que hacen de él un corazón distante, indiferente y lejano frente al don del otro: “el amor al dinero, la vanidad y la soberbia”.

… frente a tres actitudes que lo hacen insensible e insolidario


Convencido de que “de dentro sale lo que daña al hombre”, quiero compartir con ustedes las pinceladas que dedica el Papa a cada una de estas graves heridas de nuestro corazón insolidario: a) “El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (EG, 55), sometiéndonos a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz”. b) La vanidad “desarrolla nuestra personalidad en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que nosotros nos podemos permitir”. “Quedamos prisioneros de la exterioridad, de las dimensiones más superficiales y efímeras de la existencia, sin darnos cuenta de que la apariencia esconde un vacío interior”. Y c) la soberbia: “para quien se corrompe por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo y, por eso, las personas que están a su alrededor no merecen su atención”. Desgraciadamente, somos hijos de un ambiente cultural en el que “se ha desarrollado una globalización de la indiferencia… Nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás, ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (EG, 24). Y es que “la cultura del bienestar nos anestesia” (Ib.).

Un proceso de crecimiento y de conversión


En el proceso de renovación pastoral que estamos viviendo y
acompañando con las Catequesis de este año, quiero compartirles mi esperanza de que todos, pastores y fieles de nuestra Arquidiócesis, lleguemos a comprender uno de sus ejes fundamentales: el cambio de mentalidad, la conversión personal y pastoral a la que somos llamados. En tiempo de cambio es bueno que recordemos la advertencia del Papa: “la reforma no es un fin en sí misma, sino un proceso de crecimiento y, sobre todo, de conversión” (A la Curia romana, diciembre 2016).

A los hermanos y hermanas de Hermandades y Cofradías


¡Cómo quisiera que estos grandes y hermosos horizontes fueran sinceramente compartidos por todos los miembros de Hermandades y Cofradías! Ellos se encargan de preparar, exponer y procesionar una gran “catequesis plástica” por las calles y plazas de nuestra ciudad. Queridos cofrades y hermanos: “imiten lo que tratan”.

Que su sincero deseo de “hacernos entrar por los ojos” los misterios más santos de nuestra fe cristiana no se quede en una presentación fastuosa de lo que fue un misterio de abajamiento de Jesús, “el varón de dolores ante quien se vuelve el rostro”. No compitan entre ustedes por la ostentación; compitan, más bien, por la entrega en el amor. Que su cercanía a las imágenes del dolor y del sufrimiento de Jesús, les sea ocasión para repetirse interiormente con fe: “me amó y se entregó a la muerte por mí”. Y la cercanía entrañable a las imágenes de la Virgen dolorosa, les sirva a cada uno de ustedes, cofrades y hermanos/as, a estar como ella, “de pie junto a la cruz”. Y ayúdennos a saber descubrir en el rostro sufriente de Jesús los miles y miles de rostros de paisanos y paisanas nuestros, desfigurados por el hambre, la injusticia, la desigualdad, la violencia, la falta de oportunidades, la marginación… y tantas lacras sociales que destrozan muchísimas vidas entre nosotros.

Que las manifestaciones externas de nuestra fe, tan frecuentes en Cuaresma y Semana Santa, nos abran a la vida de nuestro pueblo. Y nos abran con una “esperanza activa”: así como la Semana Santa no termina con el Viernes Santo y con Jesús sepultado en el sepulcro; así tampoco la vida de nuestro pueblo puede acabar en la postración y en la humillación entre la indiferencia culpable de quienes hemos recibido de Jesús el mandato de resucitarlo. Que nada ni nadie nos robe la esperanza de esta resurrección que es “una fuerza imparable”. Desde Jesús resucitado, les invito a todos y a todas a que, una vez más, apostemos por la vida y por nuestro compromiso de hacerla “plena y digna para todos”. Como signo de nuestra esperanza, resucitada y resucitadora, reciban mi ánimo y mi bendición.

+ Oscar Julio Vian Morales, sdb
Arzobispo Metropolitano de Santiago de Guatemala

Nueva Guatemala de la Asunción, febrero de 2017

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