ASAMBLEA PASTORAL ARQUIDIOCESANA MENSAJE FINAL

HAS PUESTO NUESTROS PIES EN UN CAMINO ANCHO” (Sal 18,36)

ASAMBLEA PASTORAL ARQUIDIOCESANA MENSAJE FINAL

A finalizar la Asamblea Pastoral de nuestra Arquidiócesis de Santiago de Guatemala, nos identificamos de una manera especial con la experiencia del salmista: ¡es verdad, “el Señor ha puesto nuestro pies en un camino ancho!”.

Desde el inicio, mirando el momento que vive nuestra Iglesia de la mano del Papa Francisco, respondimos “SÍ” a la pregunta del profeta Isaías con que se abría nuestra Asamblea: “algo nuevo está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43,19). Y ese SÍ a la novedad del Evangelio de Jesús “ha puesto nuestros pies en un camino ancho”.

Estos tres días de enero (12,13 y 14) del 2017, los 1,200 participantes en la Asamblea (sacerdotes religiosos/as y laicos/as), convocados por nuestro Arzobispo y representando a toda nuestra Iglesia Arquidiocesana, hemos hecho la experiencia de la anchura del camino que Jesús nos abre como discípulos misioneros.

El “camino ancho” de Jesús y su Evangelio. Con la fuerza actualizadora de su Espíritu, Jesús se ha hecho presente entre nosotros, y hemos renovado nuestra fe/confianza en Él y en su mensaje como la fuente en la que estamos llamados a beber “las aguas de la salvación”. Volver personal y pastoralmente a Jesús y al Evangelio se nos presenta como el único camino  que estamos llamados a recorrer en nuestro proceso de renovación pastoral. Conscientes de que este volver sencillo y exigente nos dará la ilusión de ir saliendo de todo lo que en nuestra vida personal y en la vida de nuestra Iglesia no tenga “olor a Evangelio” y no refleje, en la enseñanza y en la vida, “la belleza” del mensaje.

El “camino ancho” de nuestro llamado y misión. Desde la mirada y las actitudes concretas de Jesús con los empobrecidos, los marginados,  los excluidos y descartados de la sociedad e, incluso, de nuestra propia Iglesia,  hemos sentido la anchura del camino que tenemos que recorrer como discípulos misioneros. La tendencia a quedarnos encerrados en nuestros templos choca, en nuestra Arquidiócesis, con una realidad social y humana dura y despiadada que nos reclama. Nos reclaman las áreas marginales de nuestras ciudades donde miles de personas malviven en condiciones infrahumanas, indignas del ser humano. Nos reclama el abandono de nuestras zonas rurales, donde tantas familias viven sumidas en una precaria sobrevivencia sin posibilidades reales de poder soñar en un futuro mejor. Nos reclama la discriminación de nuestras zonas indígenas, desde donde salen gritos de dignidad, igualdad, reconocimiento cultural… Nos reclama una ciudad con tantas hirientes contradicciones: de la extrema abundancia a la extrema pobreza; de la exquisita educación al analfabetismo; de las lujosas mansiones a las champas inmundas… Nuestras periferias son demasiado grandes y, sin embargo, como creyentes y como Iglesia las tenemos poco recorridas. Nos hemos acostumbrado a ellas y nos acecha constantemente el peligro de “pasar” de largo, olvidando nuestra condición de Iglesia samaritana.

El “camino ancho” de nuestra responsabilidad ciudadana.  Hemos reafirmado nuestra conciencia de que no podemos ser  “ciudadanos del cielo” a costa de dejar de ser “ciudadanos del mundo”, donde laicos y laicas tienen una misión especial. Y de que el momento histórico de nuestro país, cuando se está jugando una verdadera refundación del Estado, no puede encontrarnos adormecidos por un tipo de religiosidad que no nos lance a  ser parte activa en la tarea de conseguir que se afronten las reformas socio-políticas profundas que necesita Guatemala para sanar de raíz tantos problemas que nos abruman: la violencia, las extorsiones, la inseguridad, las escandalosas desigualdades sociales, el manoseo de la política, la emigración forzada, la falta de oportunidades de trabajo digno, la educación, la salud, la vivienda, la situación desesperada de tantos jóvenes sin horizontes reales… Frente a esta situación, fruto de un individualismo hecho sistema, se nos abre la imprescindible tarea de hacer que, en nuestro país, todos y todas “pensemos y actuemos en términos de comunidad”. Es una tarea que nos viene exigida desde el Evangelio de la misericordia solidaria.

El “camino ancho” de una Iglesia de comunión y participación. La Asamblea nos ha servido para experimentar que somos Iglesia sólo si vivimos y actuamos en comunión; la que arranca de la Eucaristía, porque “somos un mismo cuerpo todos los que participamos de un mismo pan” (1Cor 10,17), y la que hace de todos nosotros “la familia” de la fe: “estamos en la misma barca y vamos hacia el mismo puerto”. Nos gozamos en la realidad de que somos Pueblo de Dios por “el sacramento de la igualdad”, nuestro bautismo, porque supone abrir el “camino ancho” de la participación, donde los laicos y laicas, que son “la inmensa mayoría del Pueblo de Dios a cuyo servicio está la minoría de los ministros ordenados” –EG, 102- se puedan sentir de hecho – y no sólo en teoría – parte activa de la vida de la Iglesia y no meros receptores de sus servicios. Que no sea el caso de que, en nuestra Iglesia particular, “no encuentren espacio para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones” – EG, 201 -.   Que la variedad de ministerios y servicios, incluido el ministerio ordenado y la vida consagrada, nunca lleguen a oscurecer la identidad y la misión de los laicos en la Iglesia.

El “camino ancho” de la construcción del Reino. En la Asamblea, nos hemos recordado unos a otros cómo muchas veces vivimos excesivamente centrados en “nuestras cosas” y entre todos hacemos eso que el Papa llama una Iglesia “auto-referencial”.  Y hasta llegamos a olvidarnos de nuestra misma razón de ser que es el servicio al Reino de Dios, la voluntad salvadora de Dios, que abarca a todos los hombres y a todo el hombre. “El Reino – nos dice el Papa – lo toca todo”. Desde ahí hemos soñado de nuevo con una presencia de Iglesia en el mundo a través, sobre todo, de laicos y laicas que descubran que su vocación específica es la transformación de las realidades sociales desde la fuerza solidaria del Evangelio encarnado, haciéndonos eco de la observación del Papa Francisco, que nos advierte: “Si bien se percibe una mayor participación de muchos laicos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita, muchas veces, a las tareas intra-eclesiales, sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la trans-formación de la sociedad” (EG, 102).

El “camino ancho” de las actitudes nuevas para los tiempos nuevos. Nos he-mos sentido convocados por la confianza, por las puertas abiertas, por la seguridad de ir agarrados de la mano de Jesús, por la atracción de la belleza del Evangelio, por la frater-nidad, la cercanía, el encuentro y la alegría, por la corresponsabilidad, la conciencia críti-ca, la creatividad... No queremos ser profetas de calamidades, queremos para todos y todas “el entusiasmo evangelizador que se fundamenta en esta convicción: tenemos un tesoro de vida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje que no puede ma-nipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano, y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda, porque es capaz de pe-netrar allí donde nada más puede llegar” (EG, 265).
 
El “camino ancho” de nuestra permanente conversión pastoral. El final de la Asamblea nos podría hacer creer que hemos llegado a la meta. No es así. El proceso de conversión pastoral nunca acaba. Durante este año, al tiempo que vamos a ir compartien-do con todas las fuerzas vivas de nuestra Arquidiócesis, la riqueza de esta Asamblea con el Instrumento de Trabajo para seguir avanzando, todas las parroquias, comunidades y movimientos van a poder “acompañar el proceso de renovación pastoral”, con las Cate-quesis que ya están publicadas.

A todas las comunidades parroquiales, comunidades religiosas y movimientos que nos enviaron a participar en la Asamblea Pastoral, les queremos compartir estos senti-mientos de horizontes nuevos que, entre todos, tenemos que ir ampliando. Entre todos tenemos que lograr que esta Asamblea no sea punto de llegada; ha sido un momento muy importante, pero no el último, de un proceso de renovación pastoral en nuestra Ar-quidiócesis que continúa y al que todos y todas estamos convocados. Y que tendrá sus manifestaciones concretas en una renovada evangelización, en celebraciones más festi-vas, más participativas y más ligadas a la vida, en una transmisión de la fe más actualiza-da, más integral y más transformadora de la vida… “Algo nuevo está brotando…” y que-remos que toda nuestra Arquidiócesis lo note, lo acoja y lo viva con la alegría del Evange-lio.

“Con los ojos fijos en Jesús, que inició y completa nuestra fe”, quedamos todos y todas invitados a darle gracias a Él, “porque ha puesto nuestros pies en un camino an-cho”. En ese camino que la Virgen señaló en Caná (“hagan lo que Él le diga”) y que nues-tros  mártires (Mons. Garardi, el P. Hermógenes y el P. Monasterio) regaron con su san-gre. Que ellos nos hagan recorrerlo con alegría y compromiso.

 

Guatemala, 14 de enero de 2017

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