Nuestro Oriente es el Getsemaní guatemalteco
El mes de enero despierta en el corazón del pueblo creyente una esperanza especial. Tras el inicio de un nuevo año y bajo el misterio de los primeros días que anuncian el rumbo del tiempo y de la vida, la mirada de miles de fieles se dirige con fé ardiente hacia donde el oriente, donde nace el sol.
La tierra bendita del oriente guatemalteco posee grandes tesoros naturales, un clima ardiente que forja el carácter de su gente y tradiciones únicas que han sido custodiadas de generación en generación. Pero, por encima de toda riqueza visible, esta tierra guarda un tesoro más profundo, una fé viva y una profunda devoción a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que late en el corazón de su pueblo.
Es una tierra que, año con año, abre sus caminos y su espíritu para acoger a los fieles peregrinos, quienes llegan movidos por la esperanza y la fé heredada de sus antepasados. En estos parajes han buscado consuelo para sus súplicas, han ofrecido agradecimiento por las alegrías recibidas y han elevado plegarias nacidas desde lo más íntimo de su alma, confiando en el Cristo que sufrió, murió y resucitó por amor.
“Entró en agonía y oraba con mayor insistencia, y su sudor se volvió como gotas de sangre que caían en tierra” Evangelio de San Lucas 22,44
Las manifestaciones de fé en esta tierra han dejado huella como testimonio vivo del amor de Nuestro Señor, revelado a través de sus imágenes sagradas. En torno a ellas se han tejido relatos de gracia y misericordia, relatado por los fieles como sucesos milagrosos que fortalecen la esperanza y renuevan la fé.
Estos acontecimientos, transmitidos de generación en generación, han sido custodiados como un tesoro espiritual por los devotos, quienes ven en cada imagen no solo una expresión artística, sino un signo palpable de la cercanía de Cristo, que continúa manifestándose en el corazón de su pueblo, teniendo como ejemplos a Jesús Nazareno del Calvario de Chiquimula, al Santo Cristo de la Divina Aparición de Taxisco y al Señor de Esquipulas.
Milagrosa y Consagrada Imagen de Jesús Nazareno del Calvario
La sagrada imagen de Jesús Nazareno del Calvario, amado por el pueblo de Chiquimula como “Padre Jesús del Calvario”, es un signo vivo del amor, la misericordia y la presencia de Dios entre su gente. Desde tiempos antiguos, su historia ha estado marcada por hechos extraordinarios que han fortalecido la fé de generaciones que, con humildad y esperanza, acuden a Él en busca de consuelo.

La tradición cuenta que esta bendita imagen fué encontrada milagrosamente bajo la sombra de un árbol de esquisúchil, lugar cercano donde hoy se levanta su templo. Aquel árbol, testigo silencioso de la voluntad divina, se secó con el paso del tiempo, pero años después volvió a retoñar y florecer, recordando al pueblo que donde Dios se manifiesta, la vida siempre renace. Para los fieles, este suceso es una señal clara de que Jesús del Calvario permanece vivo y presente entre los suyos.
Uno de los momentos más sobrecogedores de su historia ocurrió el 12 de enero de 1743, cuando, ante la mirada atónita de los devotos, Jesús del Calvario sudó copiosamente durante tres horas, compartiendo el dolor humano y confirmando su cercanía con quienes sufren. Este hecho milagroso, conservado en los archivos de la Iglesia, selló para siempre la devoción del pueblo y dio origen a la celebración anual que reúne a corazones llenos de fé y gratitud.
Hoy, como ayer, Jesús Nazareno del Calvario es consuelo del afligido, refugio del cansado y esperanza del que cree. Ante su mirada serena y su tez morena, los fieles depositan penas, alegrías, promesas y agradecimientos. Cada enero, en medio de misas, velaciones y procesiones, el pueblo chiquimulteco renueva su fé, reconociendo en su Padre Jesús no solo una imagen sagrada, sino un milagro divino que camina con su gente y nunca la abandona.

Santo Cristo de la Divina Aparición de Taxisco, Santa Rosa
La venerada imagen del Santo Cristo Negro de Taxisco, también llamado con amor y reverencia Cristo de la Divina Aparición, es para el pueblo un misterio sagrado que habla del dolor redentor, de la misericordia infinita y de la cercanía viva de Dios con su gente. Desde el siglo XVII, su presencia ha marcado la historia espiritual de Taxisco y de toda la región, convirtiéndose en faro de fé para innumerables peregrinos.

Uno de los episodios más impactantes ocurrió en 1930, cuando una serie de fuertes sismos provocó el colapso de la fachada del templo. Por temor, la sagrada imagen del Santo Cristo fué trasladada a un humilde rancho de palma junto a otras imágenes. Poco después, un incendio consumió por completo aquel refugio improvisado, reduciendo todo a cenizas, excepto al Santo Cristo y su cruz de madera, que permanecieron intactos. Para los fieles, este hecho fué una señal clara de protección divina y de la voluntad del Señor de permanecer con su pueblo.
Entre 1945 y 1946, la imagen del Santo Cristo volvió a manifestarse de manera conmovedora, sudó agua en repetidas ocasiones y, en una de ellas, sudó sangre, hechos presenciados por testigos que aún viven. Pero el acontecimiento que estremeció no solo a Taxisco sino a todo Guatemala ocurrió el 22 de septiembre de 1946, cuando el Divino Rostro apareció misteriosamente dibujado en el pecho del Cristo crucificado. No era pintura ni trazo humano, sino una luz inexplicable, como un rostro que se revelaba y se desvanecía sin explicación alguna.
La noticia corrió como fuego por todo el país y multitudes llegaron en romería, a pie, a caballo y en camiones, desde pueblos lejanos, desafiando caminos difíciles y lluvias intensas, solo para contemplar el milagro. Muchos aseguran haber visto un rostro luminoso, no pintado, sino formado como por un resplandor celestial. Así como apareció, el rostro desapareció, dejando en los corazones una certeza profunda: Dios se manifestó, aunque su misterio no pueda ser explicado.

Este acontecimiento marcó para siempre la devoción al Santo Cristo Negro de Taxisco, convirtiéndolo en signo de fé viva, de sacrificio redentor y de esperanza en medio del sufrimiento. A lo largo de los años, su culto se ha fortalecido con cantos, novenas y actos solemnes, como su consagración en un momento histórico que selló su lugar como protector espiritual del pueblo.
Milagroso Señor de Esquipulas
Desde sus orígenes, el Santo Cristo Negro de Esquipulas se ha entrelazado profundamente con la historia, el alma y la identidad espiritual del pueblo. En esta tierra oriental, conocida como el “lugar donde abundan las flores”, floreció también una devoción que con el paso de los siglos se convertiría en una de las más fuertes, respetadas y milagrosas del continente. Allí, en medio de la convivencia entre pueblos originarios y colonizadores, comenzó a manifestarse el amor de Dios a través de esta sagrada imagen.

A finales del siglo XVI, los habitantes de Esquipulas, movidos por la fé y el fruto de su trabajo, encomendaron al célebre escultor Quirio Cataño la creación de un crucificado “bien perfecto y acabado”. Aquella obra, nacida de manos humanas, fué pronto reconocida como una presencia que trascendía el arte, pues desde entonces el Cristo Negro comenzó a obrar en el corazón de quienes se postraban ante Él con humildad y confianza.
Hace más de dos siglos ocurrió un acontecimiento extraordinario, cuando la Sagrada Imagen del Cristo de Esquipulas aún se encontraba en el Templo Parroquial de Santiago, durante la construcción del nuevo Santuario del Señor de Esquipulas, sucedió un hecho prodigioso que conmovió a todo el Reino de Guatemala. El 17 de abril de 1742, ante la presencia de numerosos testigos, comenzó a notarse un sudor abundante en el rostro del Santo Cristo de Esquipulas.
La noticia llegó al Obispo Fray Pedro de Pardo de Figueroa, quien dejó constancia de lo sucedido en un documento histórico, en el que expresó:
“Fray Pedro Pardo de Figueroa, del orden de los Mínimos de San Francisco de Paula, por la Divina Gracia y de la Santa Sede Apostólica Obispo de Guatemala y Verapaz, del Consejo de Su Majestad:
Por cuanto, en la causa seguida en nuestra Audiencia Obispal sobre la indagación del sudor que se vio el día 17 de abril del año próximo pasado en la devota y admirable imagen de Cristo Señor Nuestro Crucificado, que con el título de Esquipulas se venera en la Iglesia del pueblo de ese nombre, se hizo por el promotor fiscal nombrado para dicha causa el pedimento de este tenor…
Confirmados en la verdadera fé con que se venera tan sagrada imagen y con certidumbre de que no se trata de simulación alguna, por la seguridad del Sagrario, la independencia de las paredes o maderas húmedas, y la antigüedad de la imagen, todo ello hace notoriedad de este hecho. De todas pruebas se infiere que Vuestra Ilustrísima y Reverendísima debe declarar el suceso como cierto, legítimo y verdadero milagro, para que la Majestad de Dios sea más venerada en su sacratísima imagen, y los fieles, confirmados en esta verdad, crezcan en devoción y procuren rendirle culto más venerante. Tales prodigios son claro indicio de que la Majestad Divina se encuentra ofendida por las culpas de los hombres y los desacatos, especialmente cometidos en sus templos.”
Fray Pedro Pardo de Figueroa
Obispo de Guatemala y Verapaz
Desde entonces y hasta nuestros días, las romerías nunca han cesado, no hay época del año en que el santuario no reciba peregrinos que, desde lugares lejanos, llegan a poner su vida en manos del Cristo Negro. Cada paso, cada oración, cada lágrima derramada ante su altar confirma que el Señor de Esquipulas sigue obrando, sigue escuchando y sigue abrazando a su pueblo.
El Santo Cristo Negro de Esquipulas no es solo una imagen venerada; es un milagro permanente, un refugio para el cansado, una esperanza para el que sufre y una prueba viva de que Dios camina con su pueblo, ayer, hoy y siempre.

El oriente guatemalteco no solo destaca por su riqueza natural y cultural, sino por la profunda devoción de su pueblo, reflejada en la veneración de sagradas imágenes como Jesús Nazareno del Calvario, el Santo Cristo de Taxisco y el Señor de Esquipulas. Estos milagros y manifestaciones de fé, transmitidos de generación en generación, son testimonio del amor, la misericordia y la cercanía de Dios con su gente, convirtiendo a esta región en un faro espiritual donde la esperanza, la gratitud y la confianza en lo divino siguen vivos y palpables.
“Él soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores… y por sus llagas hemos sido sanados” Isaías 53, 4–5
Señor Jesús, así como los Reyes Magos vinieron de Oriente siguiendo tu luz, que ahora nosotros caminemos hacia el Oriente guatemalteco, tierra de milagros y fé viva, para encontrarte, adorarte y renovar nuestra esperanza.


