El comienzo del octavo año de ministerio petrino de Francisco cae en medio de la crisis causada por la pandemia de coronavirus: “Somos polvo, pero polvo precioso, amado por Dios, destinado a vivir para siempre”

ANDREA TORNIELLI

El comienzo del octavo año del pontificado del Papa Francisco cae en un momento dramático para toda la humanidad, llamada a enfrentar la pandemia de COVID-19. El llamado, fuerte y para todos, a mantener nuestra mirada fija en lo esencial requiere que este aniversario se celebre de una manera diferente a la de años anteriores. En estos días difíciles, mientras cada uno de nosotros se enfrenta dramáticamente con la precariedad de la existencia, el Papa Francisco ha elegido acompañarnos con la oración, encomendando a María y con la celebración diaria de la Eucaristía en la Misa en la Casa Santa Marta, excepcionalmente transmitida en directa streaming todas las mañanas para todo el mundo.

Después de todo, precisamente estas Misas, las celebraciones diarias del Papa “párroco” que predica a pequeños grupos de fieles diciéndoles lo que despertó en él la meditación sobre la Palabra de Dios proclamada ese día, representan una de las innovaciones más significativas del pontificado. Un acompañamiento diario, que se ha convertido en una cita reconfortante para muchas personas que en estos siete años han buscado y leído el resumen de la homilía de Santa Marta ofrecida por los medios de comunicación del Vaticano. Ahora, este sencillo y concreto acompañamiento del Papa que celebra la misa en la capilla de su residencia ofreciendo el sacrificio eucarístico por los que sufren, por los enfermos, por sus familiares, por los médicos, enfermeras, voluntarios, los ancianos solos, los presos, las autoridades, se ha vuelto aún más evidente y reconfortante.

El Miércoles de Ceniza, cuando la emergencia del Coronavirus aún no se percibía tan claramente, el Sucesor de Pedro dijo: “Comenzamos la Cuaresma recibiendo las cenizas: ‘Recuerda que eres polvo y en polvo volverás’. El polvo en la cabeza nos trae de vuelta a la tierra, nos recuerda que venimos de la tierra y que volveremos a la tierra. Es decir, somos débiles, frágiles, mortales. A través de los siglos y milenios que estamos atravesando, frente a la inmensidad de galaxias y el espacio, somos pequeños. Somos polvo en el universo. Pero somos el polvo amado por Dios. Al Señor le encantaba recoger nuestro polvo en nuestras manos y soplar su aliento de vida. Entonces somos polvo precioso, destinados a vivir para siempre. Somos la tierra en la que Dios ha derramado su cielo, el polvo que contiene sus sueños. Somos la esperanza de Dios, su tesoro, su gloria”. El Papa concluyó su homilía con estas palabras: “Permitámonos reconciliarnos para vivir como hijos amados, como pecadores perdonados, como enfermos curados, como viajeros acompañados. Dejémonos amar para amar. Permitámonos levantarnos, caminar hacia la meta, la Pascua. Tendremos la alegría de descubrir que Dios nos resucita de nuestras cenizas”.

Propio para dar testimonio de esta mirada de esperanza y este abrazo para todos, el Papa que nos guía acompañándonos, el martes 10 de marzo, al comienzo de la Misa en Santa Marta, quiso rezar en particular por los sacerdotes, para que en este momento tengan la fuerza para acompañar, consolar y estar cerca de quienes sufren. Y, mientras toman todas las precauciones posibles, tienen “el coraje de salir e ir a los enfermos, aportando la fuerza de la Palabra de Dios y la Eucaristía y acompañando a los trabajadores de la salud, voluntarios” en el extraordinario servicio que llevan a cabo.