Luz para las Naciones

Esta fiesta conmemora dos eventos prescritos por la Ley de Moisés que ocurrieron cuarenta días después del nacimiento de Jesús:

La Purificación de la Virgen María: Según el Levítico, una mujer que daba a luz debía presentarse en el Templo para ser purificada legalmente.

La Presentación del Primogénito: De acuerdo con el Éxodo, todo varón primogénito debía ser consagrado al Señor y «rescatado» mediante una ofrenda.

El Evangelio de San Lucas (2, 22-40) narra cómo María y José, en su humildad, llevaron al Niño al Templo de Jerusalén para cumplir con la ley, ofreciendo el sacrificio de los pobres: un par de tórtolas o dos pichones.

El Cántico de Simeón


Al tomar al Niño en sus brazos, el anciano Simeón pronunció las palabras que la Iglesia reza todas las noches en la oración de Completas:

«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».

Este reconocimiento de Jesús como la «Luz del mundo» es el origen de la procesión de las candelas (velas), que simbolizan a Cristo iluminando las tinieblas del pecado.

Un Carácter Mariano y Cristocéntrico

Históricamente, esta fiesta se centraba mucho en la Virgen (la «Purificación»). Sin embargo, tras la reforma del Concilio Vaticano II, se enfatizó su carácter cristocéntrico. No es solo María quien va al Templo; es Dios quien entra en su Santuario.

Día de la Vida Consagrada: Desde 1997, por iniciativa de San Juan Pablo II, este día también se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, reconociendo a quienes, como Jesús, ofrecen su vida enteramente a Dios.

La Presentación del Señor, celebrada cada 2 de febrero, es una de las festividades más antiguas y ricas en simbolismo de la Iglesia Católica. Aunque popularmente se conoce en muchos lugares como el «Día de la Candelaria», su significado teológico va mucho más allá de la bendición de las velas.

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