Durante el reinado de Marco Aurelio recrudeció violentamente la persecución en la ciudad de Lyon. Dos de sus víctimas fueron los jóvenes Epipodio y Alejandro. Habían sido amigos desde niños. Después del martirio de san Fotino y sus compañeros, un año antes, los dos jóvenes se trasladaron de Lyon a un pueblecito cercano y allí se escondieron en casa de una viuda. Más tarde fueron arrestados. Epipodio perdió una sandalia cuando trató de huir y los cristianos la conservaron como reliquia. Conducidos ante el gobernador, los jóvenes confesaron abiertamente que eran cristianos. El pueblo gritó enfurecido pero el gobernador se maravilló de que hubiese todavía quien tuviera el valor de confesarse cristiano, a pesar de las torturas y ejecuciones anteriores.

Separando a los dos amigos, el gobernador se enfrentó primero con Epipodio, a quien creía más débil porque era más joven, y trató de ganarle con promesas. El mártir permaneció inconmovible. El magistrado exasperado ante su firmeza, ordenó que le golpeasen en la boca; pero Epipodio continuó confesando a Cristo con los labios ensangrentados. El gobernador ordenó que le tendiesen en el potro y le desgarrasen los costados con garfios; finalmente, para complacer al pueblo, le mandó degollar. Dos días después, compareció Alejandro. Cuando el juez le contó lo que había sufrido su amigo, Alejandro dio gracias a Dios por ese ejemplo y manifestó su ardiente deseo de correr la misma suerte que Epipodio. Los verdugos le tendieron en el potro, tiraron hasta desconyuntarle las piernas y se turnaban para azotarle; pero el mártir persistió en confesar a Cristo y en burlarse de los ídolos. Fue sentenciado a ser crucificado, pero murió en el momento en que los verdugos le clavaban las piernas a la cruz.