San Pedro I de Alejandría, obispo y mártir. 26 de noviembre y 9 de diciembre (Iglesias Orientales).

En el año 300, luego de la muerte del Patriarca San Teonás (23 de agosto), fue elegido Pedro en su lugar, siendo que desde niño había sido discípulo suyo. Su elección ocurrió en medio de la persecución de Maximiano y Galerio, entre 284 y 305, por lo que tuvo que huir de Alejandría. Dedicó su destierro a la consolación de los confesores, la asistencia a las viudas y huérfanos, las visitas a las cárceles y el sostenimiento de los pobres. Animaba a los mártires y confortaba a los que habían caído en aparentar idolatría por salvar la vida.

Una vez terminada la persecución, fue implacable con los “lapsi”, aquellos que habían aparentado ser idólatras por temor al martirio. Entre ellos estaba Melecio, obispo de Licópolis de Egipto, que había sacrificado a los dioses por conservar la vida. Pedro le depuso de su sede y Melecio, en lugar de reconocer su culpa y aceptar la pena, creó un cisma junto a sus seguidores. Pedro intentó reducir a los cismáticos, dispuso penas canónicas y misericordia para los que se arrepintiesen, exhortó, escribió, oró… pero nada. Aún en época de San Atanasio (2 de mayo), el problema de estos “melecianos” continuaba. No hay que confundirles con los “melecianos” seguidores de San Melecio de Antioquía (12 de febrero).

Aunque su martirio fue cierto, está mezclado con narraciones legendarias tardías: En 308 reanudó la persecución de Maximiano y Daya, y Pedro fue preso. Y los cristianos respondieron con entereza a aquello: acudieron en masa a la cárcel a presentarse como cristianos. Presbíteros, mujeres, aún niños se presentaron. El tribuno quedó admirado de aquella comitiva que apareció a morir con su obispo, y que le cuidaban y protegían. Temía el hombre un motín, cuando aquellos solo querían padecer martirio con su pastor y entrar de su mano al cielo.

La leyenda del siglo X, no confirmada por la historia, dice que el célebre hereje Arrio era diácono suyo, al que Pedro había amonestado y excomulgado por sus ideas peligrosas contra la fe. Apareció Arrio allí entre los cristianos, aparentando ánimo de reconciliarse con Pedro, pero en lo que realidad quería era aparecer como católico, para que antes del martirio del santo obispo, este le eligiera como sucesor suyo en la sede de Alejandría. Pero Dios ya había “tomado cartas en el asunto”. Cuando Pedro vio a Arrio, llamó aparte a los presbíteros Aquilas y Alejandro y les dijo: “Soy un gran pecador, pero aun así sé que la piedad de Dios me dará la corona del martirio. Después de mi muerte, vosotros seréis dos columnas en la Iglesia de Jesucristo. Los dos me sucederéis, uno después de otro, en la silla patriarcal de Alejandría: Aquilas será el primero, y Alejandro el segundo. Así me lo ha prometido el Señor; y para que no creáis que duro mi corazón al no reconciliar a Arrio con la Iglesia, os diré lo que me ha ocurrido: se me apareció Cristo en figura de un niño de doce años extremadamente hermoso: estaba vestido de una túnica larga, rasgada de arriba abajo, por lo que le pregunté: ‘Señor, ¿quién fue el impío que despedazó vuestra túnica?’ Y me respondió: ‘Arrio fue el que la rasgó’, al tiempo que me ordenó que no le admitiese a la Iglesia nuevamente. Yo he cumplido ya con mi misión, y solo me queda dar cuenta a Dios. Si vosotros faltaseis a la vuestra, vosotros solos seréis responsables de vuestra cobardía o de vuestra desobediencia”. Aunque este hecho sea legendario, efectivamente, obispos y sucesores de Pedro I en la sede fueron los obispos San Aquilas (13 de junio) y San Alejandro (26 de febrero). Para más duda de semejante leyenda, fue Aquilas el obispo que ordenó presbítero a Arrio, cosa impensable de haber sido cierto la narración previa.