Jesús Sumo y Eterno Sacerdote
La fe católica proclama a Jesucristo no solo como el Hijo de Dios y el Salvador de la humanidad, sino también como el Sumo y Eterno Sacerdote. Esta verdad fundamental, arraigada en las Sagradas Escrituras y profundizada a lo largo de la Tradición de la Iglesia, revela una dimensión esencial de su misión redentora y su continua mediación entre Dios y los hombres.
El Sacerdocio según el Orden de Melquisedec
La comprensión del sacerdocio de Cristo se ilumina de manera preeminente en la Carta a los Hebreos. Este libro del Nuevo Testamento presenta a Jesús como un sacerdote diferente de los sacerdotes levíticos del Antiguo Testamento. Mientras que el sacerdocio levítico era temporal, hereditario y ofrecía sacrificios que debían repetirse constantemente debido a la imperfección humana, el sacerdocio de Cristo es “según el orden de Melquisedec” (Hebreos 5,6; 7,11-17).
Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, aparece en el Génesis (14,18-20) bendiciendo a Abraham y ofreciendo pan y vino. Su figura enigmática, sin genealogía ni principio ni fin de días, prefigura el sacerdocio eterno y único de Cristo. La Carta a los Hebreos subraya que Jesús no fue constituido sacerdote por la ley mosaica, sino por un juramento divino: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (Hebreos 7,21).
El Sacrificio Perfecto y Definitivo
Como Sumo Sacerdote, Jesucristo ofrece el sacrificio perfecto y definitivo que el culto antiguo no podía lograr. A diferencia de los sacrificios de animales que solo cubrían temporalmente los pecados, Cristo se ofrece a sí mismo en la cruz, una vez para siempre, como la víctima inmaculada y el sacerdote. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) enseña: «Por la oblación única y definitiva de sí mismo en la cruz, Jesucristo realizó y consumó el Sacrificio de la Nueva Alianza» (CIC 613). Su sangre derramada no es solo un rito, sino el acto de amor supremo que purifica, santifica y reconcilia a la humanidad con Dios.
Mediador Único y Eterna Intercesión
El sacerdocio de Cristo no se limita al acto de la cruz. Él es un sacerdote eterno porque su resurrección y ascensión al cielo no ponen fin a su función sacerdotal, sino que la elevan a una nueva dimensión. Sentado a la derecha del Padre, Jesucristo continúa su obra de mediación. La Carta a los Hebreos lo explica: «Por eso puede también salvar por completo a los que por él se acercan a Dios, ya que vive para siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7,25).
Esta intercesión eterna de Cristo significa que Él está continuamente presentando nuestros ruegos, nuestras necesidades y nuestras ofrendas al Padre. No necesitamos otro mediador, pues Él es el camino, la verdad y la vida (Juan 14,6). Su sacerdocio es la garantía de que siempre tenemos acceso a la misericordia y la gracia divina.
El Sacerdocio de Cristo y el Sacerdocio Ministerial
La Iglesia Católica reconoce un sacerdocio ministerial, ejercido por obispos y presbíteros, que es una participación en el único sacerdocio de Cristo. El CIC afirma: «El sacerdocio ministerial difiere esencialmente del sacerdocio común de los fieles porque confiere un poder sagrado para servir a los fieles en la persona de Cristo Cabeza y en nombre de la Iglesia» (CIC 1592). Los sacerdotes ministeriales actúan «in persona Christi capitis» (en la persona de Cristo Cabeza), haciendo presente su sacrificio eucarístico y administrando los sacramentos. Sin embargo, es crucial entender que este sacerdocio es derivado y siempre dependiente del sacerdocio supremo de Jesucristo.
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, es el centro de nuestra fe. Su sacerdocio es la clave para comprender la eficacia de su sacrificio redentor, la realidad de su mediación constante y la perenne fuente de gracia para la humanidad. En Él, el plan divino de salvación alcanza su plenitud, abriendo a los hombres el camino hacia Dios y la vida eterna.
Evangelio de este 28 de mayo de 2026
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (22, 14-20)
Gloria a ti, Señor.
Cuando llegó la hora, Jesús se sentó a la mesa con los apóstoles y les dijo: “Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes antes de padecer. Porque les aseguro que ya no la volveré a celebrar hasta que encuentre su pleno cumplimiento en el Reino de Dios”.
Y tomando una copa, dio gracias y dijo: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes; porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”.
Después tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía”.
Al terminar la cena, hizo lo mismo con la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes”.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.


